“Hace falta una educación que enseñe sin querer enseñar”, afirmaba recientemente en una entrevista el escritor italiano Claudio Magris. “La educación sería más fácil si no creyera estar llena de respuestas… La educación no debe consistir tanto en llenarnos de certezas como en orientar y alimentar nuestras búsquedas. Nada debería ser definitivo, todo debería estar en discusión”, sostiene, por su parte, el colombiano William Ospina en su colección de ensayos “La lámpara mágica maravillosa”.
¿Cómo reorganizamos el aula para facilitar y promover una práctica constructiva? ¿Qué tipo de contrato didáctico es necesario plantearse? ¿Qué tipo de relaciones hay que poder construir entre docente, alumno, contenido y recursos didácticos? ¿Dónde poner el acento en un aula en la que se quieren llevar procesos pedagógicos como los que hemos estado describiendo?
Hace un mes -hoy que proso estas líneas- nuestro gobierno decretó el Estado de excepción. Una realidad que nunca la había conocido en mis cuatro décadas de existencia. Una realidad que hizo al mundo un pequeño pañuelo. Una realidad que solo es eso: real!
Las destrezas que debemos tener en cuenta, esos conocimientos socialmente válidos, como lo decía hace 20 años nuestra querida Silvia Alvarez, que requieren de un movimiento de la parte cognitiva, procedimental y actitudinal de los estudiantes como lo dice nuestro currículo nacional y lo viven día a día nuestros docentes, son el eje fundamental del trabajo que debemos realizar.