¡Qué hermoso es ver llegar por las colinas al que trae buenas noticias, al que trae noticias de paz, al que anuncia la liberación y dice a Sión: «Tu Dios es rey»! ¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz y a una dan gritos de triunfo, porque ven con sus propios ojos cómo vuelve el Señor a Sión. Isaías 52, 7–8
En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?” Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: “Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo. ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños’’. Mt 18, 1-5. 10. 12-14
Nuestra pintura de hoy es un perfecto ejemplo del maduro estilo impresionista de la pintura en la década de 1870. Mientras que los paisajes impresionistas se pintan normalmente con cierta prisa y "en el momento", los retratos como el de la niña de aquí tienen más detalles y más control. La vivacidad de los colores es típica de Renoir y refleja la frescura y el resplandor de la paleta impresionista. Mientras que su manejo es más controlado y regular que en sus paisajes, las pinceladas más uniformes y controladas de nuestra pintura le dan una textura muy rica. No sabemos quién es la chica. Probablemente sólo una chica de barrio a la que Renoir le gustaba el aspecto de uno de sus cuadros: el pelo rubio rizado, los ojos azules brillantes, la cinta roja, las mejillas rosadas regordetas y los labios rojos sonrientes hacen que sea un cuadro muy encantador.
Es probablemente la inocencia general de esta pintura lo que nos habla. Es esta misma inocencia de la que Jesús habla en la lectura de hoy. Nos habla del gran valor que tiene el alma de un niño pequeño a los ojos de Dios. Los niños nacen inocentes. Todo lo que los niños quieren es ser amados, protegidos, cuidados, enseñados... El Padre, Dios, siempre está cuidandonos y buscando maneras de guiarnos por la vida, como un padre hace con sus hijos...
By Patrick van der Vorst y Br Juan Carlos Arias Bonet, LC