Señor, Dios nuestro, fortalece nuestros corazones hoy por medio de tu Palabra. Tú eres nuestro Padre y nosotros somos tus hijos, y deseamos confiar en ti en cada aspecto de nuestras vidas. Protégenos en todo camino y concédenos siempre atisbar y esperar la llegada de tu reino, y el futuro de nuestro Señor Jesucristo. Cuídanos de vivir confundidos por los eventos actuales. Ayúdanos a ser libres, poder servirte a ti y no ser llevados por mal camino, no importa lo que pase en el mundo. Danos tu Espíritu Santo en todo, porque sin tu Espíritu nada podemos hacer. Ayúdanos, y acepta nuestra alabanza por las tantas maneras que nos has dado ayuda. Amén.
Mateo 9, 27-31
Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: “¡Hijo de David, compadécete de nosotros!” Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: “¿Creen que puedo hacerlo?” Ellos le contestaron: “Sí, Señor”. Entonces les tocó los ojos, diciendo: “Que se haga en ustedes conforme a su fe”. Y se les abrieron los ojos. Jesús les advirtió severamente: “Que nadie lo sepa”. Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región.
Reflexión sobre la imagen
La Catedral de Monreale, sobre Palermo en Sicilia, fue encargada por el rey Guillermo II y a su muerte en 1189, la mayor parte de la obra ya estaba terminada. Presenta una de las más espectaculares decoraciones de mosaicos del siglo XII. Consagrada a la Asunción de la Virgen, la iglesia también cuenta con muchas historias de la vida de Jesús, de las cuales el detalle del mosaico que estamos viendo hoy, ilustra nuestra lectura del Evangelio, la curación de los dos ciegos.
Las hermosas composiciones de los mosaicos están hechas de piezas individuales. Cada pieza es importante. Cada pieza es única, con su propia forma irregular, su propio color, su propio brillo. Por lo tanto, es una forma de arte que se presta particularmente bien al arte cristiano. Sí, cada pequeño mosaico tiene su propio brillo, su propia forma de reflejar la luz durante el día, y la luz de las velas por la noche. Una vez que el ciego fue curado, pudo ver la luz de nuevo también. Nosotros también, cuando nos curamos de nuestra ceguera espiritual a veces, podemos reflejar la luz de Dios que puso en cada uno de nosotros, de nuestra manera única, para que podamos reflejar y compartir esa luz con los demás.