Tu luz debe brillar a los vista de los hombres

Dios nuestro, ponemos en tus manos esta nueva semana, confiamos en tu poder que nos hace ser felices y nos conduce por el camino del bien. Ayúdanos a perder el miedo y a vivir conquistando cada una de nuestras metas. No permitas que nos gane el dolor. Te amamos. 

Mateo 5:13-16

Jesús dijo a sus discípulos: 'Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿qué puede hacer que vuelva a ser salada? No sirve para nada, y sólo puede ser arrojada para ser pisoteada por los hombres.

Tú eres la luz del mundo. Una ciudad construida en la cima de una colina no puede ocultarse. Nadie enciende una lámpara para ponerla debajo de una tina; la ponen en el candelabro donde brilla para todos en la casa. Así debe brillar vuestra luz a la vista de los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, alaben a vuestro Padre que está en los cielos".

Reflexión sobre el cuadro

Hace unos días analizamos otra obra del pintor surrealista belga René Magritte. Hoy comentamos una obra que pintó en 1937. Es un retrato, pero en el que no se reconoce el rostro del retratado. Entonces, ¿es un retrato? El cuadro ejemplifica el interés de Magritte por lo que se oculta en nuestra realidad visual. Nuestra lectura de hoy versa sobre lo que está oculto y lo que no debe ocultarse. Una ciudad construida en la cima de un monte no puede ocultarse" y "vuestra luz debe brillar a los ojos de los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, alaben a vuestro Padre que está en los cielos".

Como ilustra nuestro retrato, Jesús nos pide que hagamos brillar nuestra luz en el mundo. Nuestras acciones deben ser un signo visible para los demás de la presencia de Dios en el mundo. Pero, por supuesto, se trata de un equilibrio, ya que al mismo tiempo estamos llamados a ser discretos y a no hacer alarde de las buenas acciones. La vida cristiana es este equilibrio entre la Palabra y la Obra,  la vida Interior y Exterior. Creo que en la última década se ha producido una privatización de nuestra fe, especialmente en Occidente. Sí, vamos a misa, e incluso rezamos nuestras oraciones, pero no queremos hablar de nuestra fe con los demás. Casi nos da vergüenza hablar de ella, o no queremos imponernos a los demás. En la lectura de hoy se nos pide que no dejemos que esa privatización de nuestra fe sea tan extrema que la gente que nos rodea no pueda ver que amamos a Dios. Debemos reavivar el espíritu de ser una luz en el mundo si queremos recuperar nuestro celo apostólico...